Junio de 1815. La Grande Armée de Napoleón Bonaparte y las fuerzas aliadas contra él, al mando del duque de Wellington, se disponen a partirse la boca con enorme entusiasmo en medio de un paraje de Bélgica bastante agradable llamado Waterloo.
 
Todo el mundo sabe (o cree saber) lo que ocurrió allí. Es muy fácil hablar a toro pasado.
 
Lo cierto es que, antes de que empezara la gran batalla, nadie, ni los más audaces analistas, podían imaginar la magnitud histórica del encuentro; ni mucho menos apostar un céntimo por el resultado final. Aquello no fue un forcejeo en la cola del autobús precisamente. Hubo algunos muertos. Cerca de 60.000, según parece.
 
Sin embargo no sólo la victoria estaba en juego. El corso y el inglés rivalizaban también por otras cuestiones completamente ajenas al destino de Europa. Naturalmente se trataba de una mujer. Y no una mujer cualquiera. Se trataba nada menos que de Lady Edwina Napes Zubarry, imprevisible doble agente y experta estratega.
 
Al mismo tiempo que el genio militar del emperador se ve oscurecido por esa pasión fatal, uno de sus mariscales, el desequilibrado aunque elegante ex-cabo Armani, comienza a sufrir un severo trastorno de la personalidad que será el primer caso de delirio napoleónico de la Historia...